Castigo a un estilo de hacer política

Dos semanas antes de la elección del martes, la campaña del candidato republicano a gobernador de Ohio puso al aire un video de un minuto. En él aparecía la madre biológica de su rival demócrata, Amy Acton, llamándola mentirosa. Acton no veía a esa mujer desde 1978, cuando la sacaron de su custodia después de años de abuso; los registros judiciales respaldan su relato. La campaña confirmó que el video era suyo y anunció cuatro millones de dólares para difundirlo.
Acton ganó. Es la primera mujer electa gobernadora de Ohio.
Vale la pena detenerse en ese caso porque no es una anécdota local. Es el resumen más nítido de lo que ocurrió en Estados Unidos el martes, y de algo que las lecturas rápidas se están saltando: los votantes no castigaron solamente un conjunto de políticas. Castigaron una manera de hacer política.
Eso no es una interpretación generosa. Está en los números. Según la encuesta a boca de urna de la agencia AP, más de la mitad de los votantes dijo que la corrupción del gobierno fue crucial para decidir su voto al Congreso, una proporción levemente superior a la de quienes dijeron lo mismo del costo de la vida. En una elección que todo el mundo anticipó como un referéndum sobre los precios, la conducta pesó tanto como el bolsillo.
Y pesó con nombre y apellido. Los tres candidatos al Senado que Donald Trump eligió personalmente perdieron, y las encuestas muestran por qué. En Texas, cerca de dos tercios de los votantes dijo que Ken Paxton -acusado de soborno, abuso de poder y obstrucción de la justicia- no tenía el carácter para el cargo. En Carolina del Sur, seis de cada diez dijo que la senadora designada no tenía la experiencia. En Carolina del Norte, seis de cada diez dijo que el candidato republicano era demasiado complaciente con el presidente. Y siete de cada diez votantes, incluyendo cuatro de cada diez republicanos, dijo que el Congreso no estaba controlando suficientemente al Ejecutivo.
Hasta ahí, la historia es la de un castigo. La parte interesante empieza después.
Porque el castigo no se convierte en poder. Los demócratas recuperaron las dos cámaras del Congreso y, por primera vez en 16 años, van a tener la mayoría de las gobernaciones. Y con todo eso no van a aprobar nada: Trump conserva el veto presidencial hasta enero de 2029, y revertir un veto exige dos tercios de ambas cámaras. La agenda que anunciaron -revertir los recortes a la salud pública, reponer créditos tributarios para seguros médicos, impugnar los aranceles, terminar la guerra con Irán- es una lista de intenciones, no de leyes probables.
Entonces, qué ganaron.
Ganaron dos cosas que no se ven en el recuento de escaños. La primera es una banca. El mismo día entraron al Senado un demócrata de 73 años que había perdido su escaño hace dos años y lo recuperó, y un pastor metodista de 62 que nunca había ocupado un cargo público y que hasta comienzos de este año estaba inscrito como republicano, en un estado que no elegía un senador demócrata desde 1932. Veteranos que vuelven y desconocidos que llegan: material heterogéneo, pero material.
La segunda es una estructura para administrar esa heterogeneidad. Hakeem Jeffries, que lidera a los demócratas en la Cámara y sería el primer presidente negro de esa cámara, armó cinco grupos de trabajo -salud, vivienda, alimentos, cuentas básicas y cuidados- y a cada uno le puso dos jefes, uno progresista y uno moderado. El de salud quedó encabezado por Alexandria Ocasio-Cortez junto a una congresista del ala moderada. Es una decisión explícita: que las dos alas del partido trabajen juntas sobre temas de bolsillo en vez de pelearse sobre temas de identidad.
Conviene además medir el tamaño de lo que pasó, porque no fue una elección de medio término cualquiera. Antes de esta se habían hecho veinte elecciones de este tipo desde 1946. Las dos cámaras cambiaron de manos a la vez solo en cuatro: 1946, 1954, 1994 y 2006. De esas cuatro, en dos los demócratas sumaron además la mayoría de las gobernaciones: 1954 y 2006. Dos años después de la última, ganaron la Casa Blanca.
Nada de eso garantiza nada. Dos años es tiempo suficiente para desperdiciar cualquier cosa. Pero la pieza que importa para 2028 no es la aritmética del Congreso, que ya está escrita y perdida. Es si una suma de biografías sueltas consigue parecer un proyecto, y si los gobernadores -que sí pueden gobernar- muestran algo que mostrar.
Lo que queda, entonces, es una paradoja incómoda para quienes celebraron el martes. Los demócratas tienen dos años en los que ganaron todo y no pueden hacer casi nada, y esos mismos dos años son su única oportunidad de demostrar que podrían.
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