El sueño que empezó a darse vuelta

¿Qué tiene que ver lo que pasa en Caracas con la esquina de nuestras ciudades? Esta semana se confirmó que los venezolanos ya son la mayor comunidad extranjera que vive en Chile, cerca de 670 mil personas, más del 40% de todos los migrantes del país. Y, al mismo tiempo, empezó a ocurrir algo nuevo: por primera vez en años, esa ola comenzó a devolverse. Dedicamos cinco días a entender por qué, y la respuesta obliga a mirar un país que conocemos por sus ciudadanos, pero cuya historia reciente pocas veces miramos completa.
El punto de partida es la escala del éxodo. Más de 7,7 millones de venezolanos viven fuera de su país, cerca de una cuarta parte de su población. Es el mayor desplazamiento de la historia reciente de América Latina, comparable al de países en guerra. Para dimensionarlo desde acá: es como si de Chile se hubieran ido, en una década, casi cinco millones de personas.
¿Cómo se llega a eso? La historia empieza con petróleo. Venezuela fue uno de los países más ricos de la región, sostenido por las mayores reservas de crudo del mundo. En 1999 llegó Hugo Chávez, que con el precio por las nubes financió una enorme expansión del gasto social. Cuando murió, en 2013, le dejó a Nicolás Maduro el país y el modelo. Pero ese modelo dependía de una sola cosa, y cuando el petróleo se derrumbó quedó a la vista todo lo demás: una economía mal administrada, empresas del Estado quebradas y, después, sanciones. El país perdió cerca de tres cuartos de su economía y vivió una de las peores hiperinflaciones de la historia mundial. A eso se sumó la crisis política: en 2024 la autoridad electoral proclamó a Maduro sin mostrar las actas, mientras la oposición demostraba, con ellas, que había ganado su candidato, Edmundo González. Millones decidieron irse.
Ahí está la gran paradoja venezolana, que merece una pausa. El país con más petróleo del planeta -más reservas que Arabia Saudita- terminó siendo uno de los más pobres de la región, con más de la mitad de su población bajo la línea de la pobreza. Vivir de una sola cosa es una trampa: mientras el precio es alto, la fiesta tapa el problema; cuando cae, no queda nada atrás. La riqueza estaba bajo tierra; arriba, la gente hacía fila por harina o remedios. Esa contradicción explica buena parte de la huida.
Y entonces llegó el terremoto de 2026, que lo cambió todo en cuestión de días. En enero, una operación militar de Estados Unidos capturó a Maduro en Caracas y se lo llevó preso a Nueva York, donde hoy espera juicio. En su lugar no quedó la oposición, sino su propia vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que asumió como presidenta interina con respaldo de Washington. Y el domingo pasado volvió al país María Corina Machado, la líder opositora más popular y Premio Nobel de la Paz, a exigir elecciones. Conviene decirlo con todas sus aristas: para muchos venezolanos, sobre todo los que debieron irse, la caída de Maduro fue una liberación; para buena parte de la región, que una potencia extranjera entre por la fuerza y capture a un jefe de Estado es un precedente grave. Las dos lecturas conviven, y de fondo está el acuerdo petrolero que le entregó a Estados Unidos el control de más del 20% de las reservas.
Todo eso nos lleva de vuelta a Chile, y a lo que de verdad se juega. Por primera vez, los números muestran una salida: la población venezolana en edad de trabajar en Chile lleva once meses consecutivos de caída, según el Observatorio del Contexto Económico de la UDP con datos del INE. Pero conviene no adelantarse, y los datos piden matiz. La gente no vuelve a una promesa: vuelve a un trabajo, a un colegio, a una casa que funcione, y esa Venezuela todavía no existe. Además, la salida es selectiva: se concentra en quienes llegaron hace menos de cinco años y en los más calificados, mientras que los venezolanos con cinco años o más en Chile, y las mujeres, siguen aumentando. Muchos ya echaron raíces -hijos chilenos, trabajo, una vida armada- y se van a quedar.
Hay, con todo, una conclusión que vale para el debate chileno. Durante años discutimos la migración venezolana como si dependiera solo de nosotros: de nuestras fronteras, nuestras leyes, nuestras policías. Esta historia muestra la otra mitad: lo que pase con ese flujo se decide, en buena parte, a miles de kilómetros, en Caracas. Si Venezuela encuentra un camino de estabilidad y futuro, el flujo se ordena casi solo; si no lo encuentra, ninguna medida de frontera lo resuelve del todo.
Por eso cerramos con el sueño dado vuelta. Durante una década, el sueño venezolano fue salir. Hoy, por primera vez, asoma uno más simple: poder volver. Que se cumpla no depende de un titular ni de una captura espectacular, sino de algo mucho más lento y difícil: que un país rico en petróleo y vaciado de gente vuelva, de verdad, a ser un lugar donde valga la pena quedarse. En eso se juega el futuro de millones de personas y, aunque no lo votemos, también un pedazo del nuestro.
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