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El sesgo que no se arregla con más datos

  • hace 5 días
  • 2 min de lectura

Casi todo lo que hacemos contra la desinformación descansa en un supuesto: que la gente se traga las mentiras. Que somos crédulos, que caemos fácil, y que por eso hay que enseñarnos a desconfiar. Un equipo de la Universidad de Texas revisó la evidencia disponible y llegó a la conclusión contraria. El supuesto es, en buena parte, falso.

El primer hallazgo desarma la premisa. Cuando se le pregunta directamente a alguien si una noticia es real o inventada, acierta bastante. Un análisis que reunió datos de casi 200 mil personas en cuarenta países confirma que somos, en promedio, buenos detectores. El problema no está en la capacidad de distinguir.

El segundo hallazgo explica dónde está entonces. No fallamos parejo: fallamos según lo que ya creemos. Aceptamos como verdadera cualquier información que confirme nuestras ideas, sea verdadera o falsa, y rechazamos como falsa cualquiera que las contradiga, aunque sea cierta. Los investigadores lo llaman sesgo partidista, y lo encontraron fuerte y simétrico: opera igual en gente de izquierda y de derecha.

Acá viene la parte que parece más útil. Este año, el mismo equipo hizo el experimento que zanja de dónde viene ese sesgo. En lugar de usar identidades políticas reales, repartió a los participantes en equipos al azar, sin ninguna carga ideológica, sin historia, sin militancia. El sesgo apareció igual. Cada uno aceptaba lo que favorecía a su equipo inventado y rechazaba lo que no.

Eso descarta la explicación cómoda. No es que la gente sepa menos, ni que le falte información sobre el otro lado. Es que la pertenencia, incluso una pertenencia arbitraria asignada hace cinco minutos, mueve el umbral de lo que aceptamos como cierto.

Y hay un tercer hallazgo que da vuelta el diagnóstico completo. Siempre se asumió que el gran peligro era la credulidad: tragarnos la mentira que nos gusta. La evidencia muestra que el error más grande es el opuesto. Rechazamos verdades que nos incomodan mucho más de lo que aceptamos mentiras que nos agradan. Somos menos crédulos de lo que se cree, y bastante más tercos.

Eso cambia hacia dónde apuntar, y no solo en política.

Casi todas las campañas contra la desinformación buscan lo mismo: volvernos más desconfiados, enseñarnos a dudar. Si el problema no es que creamos de más sino que rechazamos lo verdadero cuando nos molesta, entonces entrenar el escepticismo puede ser inútil o directamente contraproducente. Los investigadores lo advierten con precisión: si esas campañas nos vuelven más escépticos solo frente a lo que contradice nuestras ideas, y no frente a lo que las confirma, agravan el problema en lugar de resolverlo. Nos entrenan para dudar del otro, no de uno mismo.

Para un país donde cada tanto vuelve la idea de combatir las noticias falsas con más alfabetización o más advertencias, la lección es incómoda de aceptar precisamente porque nos toca a todos. Ninguna campaña arregla esto desde afuera.

Análisis completo en Youtube, Spotify y Apple Podcast. Todas nuestras columnas disponibles en www.puntoapartechile.cl

 
 
 

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