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Tres fuerzas que explican América Latina

  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

El 8 de noviembre pasado, en La Paz, Javier Milei y Gabriel Boric quedaron sentados en el mismo salón, aplaudiendo a un presidente boliviano que llegó desde la democracia cristiana después de enterrar veinte años de socialismo. A esa ceremonia no fueron invitados Cuba, Nicaragua ni Venezuela. Nadie en esa sala encajaba en la casilla que le tocaba.

Esta semana dedicamos cinco días a entender por qué. Y la conclusión es que el eje izquierda-derecha, que durante décadas ordenó la lectura del continente, dejó de explicar quién manda y por qué.

El titular fácil dice que la región giró a la derecha, y los números parecen darle la razón: gobierna once países contra ocho de la izquierda, y con el cambio de mando en Colombia la brecha se amplía. Pero ese titular esconde más de lo que muestra. La izquierda conserva los dos países más grandes, México y Brasil, y la democracia más estable, Uruguay. Y meter en un mismo saco al libertarismo de Milei, la mano dura de Bukele, el apellido restaurado de Keiko Fujimori y el capitalismo popular de un democristiano boliviano es no entender ninguno de los cuatro.

Hay analistas que sostienen algo más incómodo de aceptar: que nunca hubo un giro a la izquierda, ni ahora uno a la derecha. Que lo que existe, hace años, es una ola contra el que gobierna, sea del color que sea. La gente no vota ideología: vota contra quien le subió el costo de la vida, contra quien no le dio seguridad, contra quien le falló.

Si eso es cierto, hacen falta otras coordenadas. Propusimos tres.

La primera es la tribu. La afinidad ideológica puesta por encima del interés del propio Estado. Durante décadas la diplomacia latinoamericana respetó una regla que casi nunca se escribía -un presidente no se mete en la elección del vecino-, y no por buena voluntad sino por cálculo: quien ganara al otro lado de la frontera iba a ser tu contraparte por años. Esa prudencia se está borrando. Milei fue a una convención en São Paulo a llamar ladrón y presidiario a Lula, con quien comparte la mayor frontera de Argentina y su principal socio comercial; Brasil respondió llamando a consultas a su embajador. Y no es un vicio de un solo lado: la izquierda teje las mismas redes. Lo que cambió no es quién lo hace, sino que antes esas simpatías se cuidaban en privado y hoy se gritan desde un palco.

La segunda es Washington. El país que durante años trató a la región como un patio trasero que no valía la pena mirar volvió a pisarla con fuerza. Estados Unidos interviniendo en América Latina no es novedad: es una de las constantes más viejas de su historia. Lo nuevo es la desinhibición. Durante la Guerra Fría se hacía en la sombra, con golpes y operaciones encubiertas. Hoy se hace a plena luz: un arancel anunciado en una red social, un respaldo dicho en una entrevista, una captura transmitida como noticia. Y no siempre empuja donde quiere: en Brasil, el castigo arancelario por el juicio a Bolsonaro terminó fortaleciendo a Lula, porque los brasileños culpan del tarifazo a quien lo pidió más que a quien lo sufre.

La tercera es la permanencia, los gobiernos que dejaron de competir porque decidieron no irse nunca. Ortega anunció que en Nicaragua no volverá a haber elecciones y su gobierno ya le puso fecha a la reforma que lo formaliza. Hay una manera precisa de leer ese anuncio: todo poder, democrático o autoritario, se sostiene sobre el consentimiento de los gobernados, y cuando ese consentimiento cae, la coerción sube. Un gobierno que necesita eliminar elecciones no está mostrando fuerza. Está confesando que perdió el apoyo que tenía. Y esta fuerza tampoco tiene ideología: Bukele, ícono de la derecha regional, reformó cinco artículos de la Constitución en una sola jornada para habilitar su reelección indefinida y, de paso, eliminar la segunda vuelta.

Tribu, Washington y permanencia cruzan a izquierdas y derechas por igual. Y esta semana Chile mostró la jerarquía entre ellas.

Kast tiene todos los gestos de pertenencia tribal: Flávio Bolsonaro en su cambio de mando, la foto con Milei, la firma en la Carta de Madrid. Y sin embargo se reunió dos veces con Lula, cultiva al uruguayo Orsi y a los pocos días del arancel recibió al embajador chino. Porque China le compra un tercio de lo que exporta y sus aliados ideológicos casi nada. La tribu es el discurso; China es el sueldo.

Con Washington, en cambio, sí apostó a la afinidad. Y el arancel del 12,5%, el tramo más alto de la nueva escala, cayó igual sobre Chile, aliado y con tratado de libre comercio de por medio. Meses antes había pasado algo parecido con el veto a un cable submarino chileno hacia Asia por su tecnología china. Ser de la misma cuerda no protegió de nada.

Esa es la jerarquía: la tribu sirve para la foto, el palco y la campaña, pero cuando hay minerales, cables y comercio de por medio, la afinidad no pesa. Washington cobra igual.

Y hay un último dato que conviene mirar antes de creer que todo esto es un problema latinoamericano.

La ola contra el que gobierna no es nuestra. En los últimos ciclos electorales, los oficialismos perdieron o retrocedieron en países con sistemas políticos, niveles de ingreso e historias completamente distintas, en Europa, en Asia y en Norteamérica. Lo que en la región se lee como inestabilidad crónica es, visto de lejos, una corriente global: gobernar en tiempos de inflación y desencanto se volvió, sobre todo, el mejor argumento para perder la próxima elección.

Eso cambia la pregunta para cualquiera que planifique a varios años en la región. No se trata de anticipar si el próximo gobierno será de izquierda o de derecha, porque esa etiqueta predice cada vez menos. Se trata de asumir que habrá alternancia, que llegará con agenda distinta, y que ninguna afinidad ideológica -ni con el vecino ni con Washington- garantiza continuidad.

Si su organización tiene operaciones, proveedores o clientes en más de un país de la región: cuando evalúa riesgo político, ¿está proyectando gobiernos por su color, o está proyectando la probabilidad de que el que esté pierda?

Análisis completo en Youtube, Spotify y Apple Podcast.

 
 
 

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