Seis meses fuera de la mesa

Michelle Bachelet retiró este sábado su candidatura a la Secretaría General de Naciones Unidas, un día antes de que José Antonio Kast viajara a Nueva York para participar por primera vez como Presidente en la Asamblea General.
Lo que la hizo desistir fue el sondeo del viernes. En el Consejo de Seguridad quedó séptima entre ocho candidatos, con un voto de aliento, 11 de rechazo y tres sin opinión: la candidata más rechazada de todas. En julio estaba cuarta y en agosto sacó dos apoyos, así que la curva venía anunciándolo.
Bajarse ahí no es una rareza, es el guión. En 2016 la costarricense Christiana Figueres quedó última en la tercera ronda y se retiró poco después. En 2006, apenas quedó claro que Ban Ki-moon era el único candidato al que ninguna potencia con veto rechazaba, sus rivales se fueron retirando uno tras otro.
Porque el veto es lo que manda en esta elección, y no la Asamblea. Los 193 países que llenan el gran salón no escogen: filtra primero el Consejo de Seguridad, quince gobiernos, y cinco de ellos pueden bloquear cualquier nombre.
Ahí estuvo el problema de Bachelet desde el primer día. Trump nunca accedió a recibirla, pese a gestiones de la Cancillería brasileña. Un portavoz del Departamento de Estado dijo que el próximo secretario general debía alejar a la ONU de una ideología absurda, politizada y progresista. Y el Washington Post publicó en agosto que Estados Unidos no la apoyaba por su supuesta cercanía con China.
Con ese veto encima, el patrocinio de Chile probablemente no habría cambiado el resultado. Y sin embargo, el resultado no era lo único que estaba en juego.
El 25 de marzo, antes de que hubiera una sola votación, el gobierno de Kast retiró el patrocinio argumentando que había demasiados candidatos latinoamericanos. El argumento tenía base: antes del retiro de Bachelet, seis de los ocho aspirantes eran de la región.
Pero si el problema era la dispersión, reducirla exigía converger en alguno. Y este sábado el propio gobierno informó que desde marzo no apoyó a ninguna de las opciones en competencia.
Ese es el punto que no se resuelve diciendo que Bachelet no podía ganar.
Patrocinar una candidatura no es solo apostar a un resultado. Es estar sentado en una negociación donde se cobran y se pagan favores, donde se conocen las posiciones antes de que se hagan públicas, y donde se construyen las deudas que después se cobran en otra votación.
Chile estuvo seis meses fuera de esa mesa. Por decisión propia.
Y esta semana Kast llega a ella a pedir apoyos para que Valparaíso albergue la secretaría del Tratado de Alta Mar, compitiendo contra Bélgica y China, con la decisión fijada para enero.
La diferencia de tono también quedó a la vista. México despidió la candidatura diciendo que Bachelet tiene credenciales incuestionables y que es una mujer íntegra, humanista y justa. El gobierno de Chile publicó que toma nota de la decisión.
En 2019 Kast usó la consigna Chile Soberano Sin ONU. Este mes dijo que su mirada ha evolucionado, y llega a Nueva York a pedir exactamente lo que se pide en esas salas: apoyos. Los mismos que durante seis meses decidió no dar.
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